El tío de los pares y los nones, in memoriam



Santiago Delgado

         Santiago Delgado

         Vedlo ahí, gobernando su negocio, como un Papa del Renacimiento repasando la nueva encíclica, o un Rothschild consultando la bolsa. No menos dignidad que ellos, y mucha más naturalidad. Su maestría para sostener el periódico formato sábana, a la par que, con el codo sujeta y vigila el negocio, y, simultáneamente, se rasca comedidamente la sien, es inigualable. Rodin lo hubiera tomado por el auténtico Pensador, en lugar del desnudo fulano que apoya codo en rodilla.

Este hombre de la Murcia del medio siglo pasado, lee, piensa lo leído y lo interpreta. A pesar de su pobre salario, perra gorda a perra gorda conseguido, ha gastado una peseta en comprar la prensa. Un gesto que le honra, y que denota a un interesado en la lectura. Una costumbre que no se adquiere en los tiempos malos. Y que nos hace pensar en unos tiempos pasados no hace mucho, donde más lucía su costumbre de leer. Ahora, va por las puertas de los colegios e institutos, a cuestas con su negocio de pipas, que no vende, sino que hace casino con ellas, regocijándonos a los jugadores bachilleriles del entonces. Porta medio coco, en el que trajina un dado, que caracolea dentro, como en sordina; sordina lograda por su mano que tapa el improvisado… pero perenne cubilete. Decían malas lenguas que, con el dedo índice, saboteaba el designio del dado, cambiándolo para que saliera el menos apostado por la zagalería que lo rodeaba, ávida de llevarse doble de pipas que las asignadas a un mísero perro gordo, diez céntimos de peseta. Bien que hacía si sucedía tal. El ingenio ha de estar siempre recompensado.

En la imagen se le ve joven, aún pelo negro y recia figura a pesar de su postura de sentado. Y la atención que presta al papel impreso es para estudio psicológico serio. Yo lo conocí en su etapa de inicio de la senectud. Más orondo, y menos ágil. Media vida se la ganó así. Su cesta fue testigo, también su sempiterna vestimenta de chaqueta raída y bufanda negra. Voz ronca y autoritaria, que imponía orden, nunca autoridad. Un casino ambulante. Si ganas, doble; si no, pierdes. Frente a la consigna del orden y la disciplina, el Maestro de las Pipas, o de los pares y los nones, imponía un breve reino de tiempo y espacio, donde fulgía el azar.

A personas así, debemos muchos el primer contacto con la realidad verdadera de aquel tiempo. Loor a su memoria.

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